Francelías Lancheros Parra
El Presidente sin salario de un barrio “ilegal”, La Cecilia, Bogotá
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El barrio La Cecilia, en Bogotá, es desconocidos para muchos -incluso para los taxistas que suelen alardear con conocer la ciudad tanto como la palma de su mano-, es peligroso para otros, y es un lugar especial para uno de sus habitantes.

La legalidad de este sector de la ciudad se debate entre ser reconocido o ser declarado invasión. Justo allí, en los cerros surorientales de la capital vive Francelías Lancheros, el representante de su comunidad, quien batalla porque las entidades gubernamentales les permitan ser los “vecinos amables del bosque” que los rodean. Éste es su gran desafío.

Camina cuesta arriba dirigiéndose hacia la tienda del barrio a comprar el pollo y las verduras para el almuerzo del día siguiente. Como todo un personaje popular hace sus respectivas estaciones para saludar a los vecinos y escuchar sus quejas; que si el árbol que tumbaron, que si los animales por las calles.

Este retrato es parte de nuestra continua colaboración con ZEIT en línea, que presenta una curación especial de nuestras fotos en ZEIT Magazin Online.

Hay muchas cosas por hacer como para estar durmiendo.

Unos lo conocen como Francelías, otros no tienen ninguna idea de quién es el hombre con aquel nombre.

-¿Quién es ese? pregunta tímida una anciana.

-¿Cómo que quién es ese? ¡Pues el Presidente! Responde su amiga con ahínco y se apodera de la palabra.

-Él es el Presidente… es quien habla por parlante y avisa las cosas importantes. Él es presidente de la Junta de Acción Comunal porque sabe de eso -de gobernar- y tiene conocimientos.

-¡Ah, el Presidente! Es que yo no sabía que se llamaba así. ¡Como siempre le dicen Presidente! Reflexiona la anciana, da media vuelta y sigue su rumbo.

Tiene 45 años, es un hombre incansable, apasionado y convencido en que todo cuanto se propone lo puede lograr, actuando siempre por vía legal, pues le apasionan las leyes. Oriundo de Boyacá, dejó su vida de campesino para comenzar una más promisoria en la capital del país.

La casa nació por necesidad. Cada familia debería dar aun cuota mínima (menos de un dólar cada mes) y ni eso se logra reunir.

Recuerda su infancia con tal alegría que salta a la vista, pero no extraña ésta época porque mira a su alrededor y asegura sentirse feliz, privilegiado y orgulloso del lugar donde está y de lo  que ahí ha construido como hombre, esposo, padre y personaje público; tal como se visualizó cuando era niño e imitaba los discursos políticos que oía en la radio.

Francelías dejó el colegio cuando conoció el dinero, a los catorce años de edad empezó a ganar los primeros centavos en compensación por escavar minas de esmeraldas; luego fue soldado del Ejército Nacional, y a los 20 decidió escribir una nueva historia. Esta vez la locación principal fue Bogotá.

La compañera de la aventura de su vida ha tenido un solo nombre: Luz Dari, su esposa y la madre de sus dos hijas; Angie y Paula. Sin embargo, Francelías reconoció que otra mujer le tocó el corazón cuando aún vivía con su familia, en el campo. Una marca que aún conserva en su brazo izquierdo lo hace recordar aquel momento cuando con aguja y tinta china en mano, empezó a pinchar su piel para escribir la letra L, de Ligia, dentro de un corazón y debajo de una cruz. Más adelante el tatuaje tendría nueva dueña, Luz Dari.  “Lo adapté”, dice Francelías sonriente.

-Ya vengo, gordo. Le avisa Luz Dari, mientras cierra la puerta que da a la calle.

-Listo, mi amor, responde.

“Ella no sabe bien la historia -del tatuaje-”, aclara Francelías y arranca a reír.

Además de esposos, Luz Dari y Francelías han sido una pareja que trabaja en equipo y desde que se conocieron y se juntaron para formar una familia han vencido las adversidades; han levantado cada ladrillo de su casa juntos, han sido colegas de trabajo antes; cuando vendía productos de belleza por catálogos y bolsas para la basura, de puerta en puerta, y ahora, como guardias de seguridad.

Los residentes están orgullosos de su casa. Junto a ellos, Francelías trabaja en la preservación de la selva circundante.

‘Fran’, como le dice Luz Dari de cariño, es un líder comunitario que algún día soñó con ser presidente, pero no precisó dónde ni de qué. No obstante, dicho liderazgo se pone en tela de juicio dentro de su casa, pues asegura que es justamente su esposa quien siempre tiene la última palabra. “Ella es la que aprueba y desaprueba las decisiones familiares”, ratifica.

“Él también tiene su carácter”, dice la Luz Dari. Y comenta que, por ejemplo, es norma en su casa levantarse temprano, incluso los fines de semana, organizar los cuartos y sentarse a desayunar, no sin antes haber tomado la respectiva ducha del día.

“Hay muchas cosas por hacer como para estar durmiendo. Ellas –sus hijas- deben aprender a utilizar bien el tiempo”, dice Francelías, mientras sirve un par de cafés (Black coffe).

Como suelen hacerlo regularmente, los esposos suben a la terraza  a toma el “tinto del amor” (así le llaman al tinto que se toman todas las mañanas).

-Hay que tomárselo a punto porque se enfría muy rápido, dice mientras contempla las montañas que tiene en frente.

En este barrio la existencia de un Dios se pone en duda; unos creen que él está con allí, otros piensan que está ausente. Además, el tiempo parece no llevar prisa. En La Cecilia se vive y se respira diferente.

Por sus calles empinadas se ven niños corriendo, montando bicicleta, sentados en las puertas de sus casas. Se oye el ladrado a los perros que andan sobre los tejados, o aquellos que simplemente están por ahí, en cualquier rincón, en cualquier esquina; algunos en buenas condiciones, otros en las peores.

-La vista es mi más grande orgullo, reflexiona Francelías, poco antes de beber el último sorbo de café.

-Yo acá vivo feliz. ¡Hay gente que no valora esto!

Y concluye enfático: -¿Para qué irse a pagar servicios públicos más caros?-

La conversación es interrumpida por el ruido que genera la campana del carro que distribuye los cilindros de gas. Luz Dari le hace señas al conductor indicándole que necesita uno de esos, pues aún no cuentan con éste servicio en el sector y tienen que pagar mensualmente US$23, cuando no debería costar más de US$3.

Aunque el líder comunitario vive en una aparente paz, hay un tema latente que lo preocupa: el futuro de su comunidad, la legalidad y constitución formal de su barrio. Pues existe una constante amenaza de que pueda ser declarado ilegítimo porque está ubicado a escasos metros de una reserva hídrica, protegida por la Secretaría Distrital del Medio Ambiente.

¿Por qué construyó su casa en un área natural protegida por el gobierno Distrital?

Cuando yo compré el lote, me lo vendieron con certificados de Libertad y Tradición. El predio era legal, es legal. Al principio yo no quería vivir aquí porque llovía mucho, pero mi esposa conoció el lugar y dijo “a mí sí me gusta”, entonces no lo pensé más e invertí todos mis ahorros aquí.

Yo compré mi herramienta y empecé a pegar ladrillos y a levantar muros, eso sí, me tocaba pegue y tumbe, pegue y tumbe, pues apenas estaba aprendiendo. Hoy ya he hecho tres casitas (la suya, la del vecino y la de su suegra).

Esta casa ya no se parece en nada a lo que fue en un principio. Yo la construí y la remodelé. Las ventanas eran de tabla, no había piso y sólo tenía una habitación.

En el rostro de Francelías se mantiene una sonrisa mientras recuerda su vida, 20 años atrás. Su hija mayor asiente con la cabeza la narración de su papá e irrumpe en la conversación.

-¡Uy, sí,  esta casa es otra cosa!

¿En qué momento se convirtió en el vocero de los habitantes del barrio, en el presidente?

Las personas me empezaron a reconocer porque gestioné un proyecto de agua potable para todas las familias del barrio, entonces mi vecino me dijo que me postulara para presidente de la junta y me eligieron para el cargo.

Este es su segundo periodo en el cargo ¿Quiere continuar?

Pues la verdad ya estoy un poco cansado. Este trabajo es duro, además que no hay fondos para nada, ni para los transportes. Cada familia debería dar aun cuota mínima (menos de un dólar cada mes) y ni eso se logra reunir.

La gente también quiere que mi esposa se postule para presidente y yo le digo que si quiere que lo haga y yo soy su asesor. Sonríe Francelías.

Y como líder comunitario ¿cuáles han sido las obras más destacadas que ha liderado?

La construcción de La Casa de la Lluvia de Ideas.

Hábleme de esa casa.  ¿Por qué surgió?

La Casa de la Lluvia de Ideas nació por necesidad. Nosotros, los miembros del barrio, necesitábamos un espacio para reunirnos y tratar los temas que nos importan de la comunidad, como los servicios públicos, el tema de basuras, la delincuencia, etc. Sin embargo, esa idea se moldeó y tomó un giro de 180°.

Yo empecé a buscar por Internet construcciones con materias primas que fueran amables con el medio ambiente y conseguimos unos patrocinadores que nos los donaron esos materiales y nosotros pusimos la mano de obra.

Además de reuniones ¿qué otro tipo de actividades se realizan allí?

Nosotros tenemos abiertas las puertas de La Casa de la Lluvia de Ideas para todo aquel que requiera del espacio, pero sobre todo, para actos culturales y educativos. Por ejemplo, los días martes y jueves vienen unos jóvenes a practicar break dance y eso es muy bueno.

¿Sus hijas hacen parte de ese grupo?

Mi hija menor venía a practicar, pero como es un poco rebelde no la dejé volver. Además me da miedo que pueda probar drogas porque si bien muchos de los integrantes del grupo son muchachos sanos, también hay unos que son consumidores (de drogas).

¿Por qué se llama La Casa de la Lluvia de Ideas?

La Casa, porque es una casa. De la Lluvia, porque aquí siempre llueve, y de Ideas porque fue una idea de todos.

Claro que todavía hay muchos vecinos que no logran recordar el nombre y le dice “La casa de sueños”.

¿Qué fue lo más difícil en el proceso de construcción?

El cansancio de la gente. Nosotros dedicábamos nuestros días de descanso laboral, nuestros fines de semana en familia, para trabajar aquí sin reconocimiento económico alguno. Pero la experiencia fue maravillosa porque para la inauguración hicimos asadito (BBQ) y nos tomamos unas ‘politas’ (cervezas).

¿Cómo se visualiza en 10 años?

Como un abogado, quiero estudiar derecho penal para defender a las personas que no tengan cómo hacerlo.

El presidente del barrio La Cecilia saca un megáfono, un tanto viejo, lo acomoda en la terraza de su casa, ajusta los cables y se devuelve al primer piso. Ya tiene un par de líneas escritas a mano, en una hoja suelta. Conecta el micrófono a su equipo de sonido y entona: “1, 2… Sí, sonido”.

Antes de recoger nuevamente sus aparatos de locución, vuelve a contemplar su entorno; los árboles y aquella Bogotá que se ve como una ciudad lejana, entonces ratifica: “si nos llegan a sacar de aquí yo sería el último en irme, por eso sigo dando la batalla. Yo no me veo en otro lugar, acá está mi vida, lo que construimos mi esposa, mis hijas y yo”.

Si nos llegan a sacar de aquí yo sería el último en irme.

Gracias, Francelías, para esta visión de la vibrante vida de su comunidad. Le deseamos todo lo mejor en sus esfuerzos y estamos agradecidos de que nos dio la bienvenida a Colombia para nuestra primera historia allí!

Entrevista y Texto: Laura Santisteban

Fotógrafo: Carlos Hena0

Vídeo: David Villabona