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Aldo Paparella
Filmmaker & Photographer, House, Almagro, Buenos Aires
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Sentado cómodamente en el sofá, con su perra Luna en el regazo, Aldo Paparella nos habla de sus diversas pasiones y ocupaciones, que con el tiempo han llegado a entrelazarse casi por completo. Aparte de su trabajo como cineasta y fotógrafo, es director de una de las escuelas de cine más antiguas de Argentina, el Cievyc, y editor de una colección de ensayos sobre el Nuevo Cine Argentino. Durante cinco años co-editó una revista de cine, Film, cuyo testigo son los miles de números pasados que se amontonan hasta el techo en su sótano, cohabitando con enormes gárgolas de papel maché salidas del set de su última película.

Su estudio, situado en la segunda planta de la casa, bien podría ser una instantánea borrosa de su mente: llena hasta rebosar de libros, películas, posters y cuadros pintados con técnicas tradicionales japonesas, un hobby que empezó hace siete año siguiendo su pasión por el arte y la cultura japonesa. Las historias de Aldo sobre su recorrido profesional se mezclan con retales de historia política y experiencias personales, y cada anécdota contribuye a descifrar la multitud de objetos y recuerdos repartidos por toda la casa. Ánforas romanas traídas desde Italia por su padre y diversas reliquias familiares son indicios de sus raíces italianas, mientras que la gran cantidad de cuadros y obras de arte repartidas por todos los rincones nos hablan de su infancia rodeado de los grandes artistas argentinos de los sesenta.

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Aldo, la decisión de dedicarte a la creación artística parece una consecuencia natural del entorno en el que te criaste – tu padre, del que has heredado el nombre, llegó a ser un escultor consagrado. En qué medida esa circunstancia marcó la primera etapa de tu vida?
Mi infancia fue un poco atípica. Mi papá era pintor y escultor – aquí en casa hay algunas obras de él – y en general era una persona muy bohemia, muy diferente, al igual que mi mamá, que era arquitecta. Los dos eran muy especiales, vivían pensando en su obra. Para mí era la normalidad, pero cuando venía un amigo a casa lo miraba todo como si estuviera en otro planeta. La casa estaba llena de objetos extraños, algunos en proceso. Yo siempre digo que crecí rodeado de los grandes artistas de los sesenta, porque todos eran amigos de mi papá. Libero Badii, Enio Iommi, Alberto Heredia o Raúl Alonso era gente que estaba en mi casa todo el tiempo.

Por qué escogiste el mundo del cine, entre todas las disciplinas posibles?

Nosotros vivimos un período de mi infancia en Italia, concretamente en el pueblo de origen de mi papá, Minturno, que es un pueblo medieval. En la entrada del pueblo había un cine, y los fines de semana mi abuela siempre me daba cien liras para ir. En esa época estaban muy de moda las películas llamadas “peplums”, películas de gladiadores romanos y héroes de ese tipo, te estoy hablando del año 1967. Viendo una de esas películas decidí que iba a dedicarme al cine. Tenía ocho años.

Tu formación como cineasta transcurrió durante un período muy crítico a nivel político, a las puertas de la dictadura militar argentina. Esa circunstancia impactó de algún modo en el desarrollo de tu profesión?

Yo estudié de 1971 hasta 1976, así que el final de mis estudios coincidió con el comienzo de la dictadura. Estudiar cine durante esa época era muy difícil, muy complicado. De hecho, todas las películas que hice durante mi época de estudio, salvo una, fueron destruidas por la dictadura. Eso tuvo, por un lado, el efecto material de destruir lo que yo había hecho. Pero además creo que tuvo un efecto más profundo, que duró muchos años. Pasé un período de gran inactividad después de la dictadura. Lo que me produjo ese sistema represivo fue silencio, estuve muchos años como mudo. Salir de esa parálisis fue un proceso muy difícil para mí.

Inmediatamente después de licenciarte decidiste dedicarte a la enseñanza. Por qué tomaste ese camino? Y qué te llevó a abrir tu propia escuela?

Lo hice, en parte, porque yo mismo había estudiado muy mal. En el instituto de cine donde yo estudié, bajo la dictadura la enseñanza era muy mala. Así que lo que me impulsó fue hacer una escuela que fuera así como a mí me hubiera gustado estudiar. Pero la escuela no la abrí hasta quince años después de terminar la carrera. Empecé enseñando en la Universidad de Buenos Aires, después pasé a dar clases en una escuela de cine y finalmente en mi propia escuela.

Tengo entendido que actualmente estás en la fase de postproducción de una nueva película – qué parte del proceso que implica dirigir un largometraje te parece más interesante?

Me gustan mucho el guión y el montaje. Mi última película fue una película muy complicada, con muchas locaciones, muchos actores, mucha gente en el equipo técnico, y muy poco dinero. Eso implica grandes esfuerzos. Puedes disfrutar bastante poco de la filmación, al margen de que yo también produje la película, así que tener dos tareas a la vez fue abrumador para mí. De hecho bajé cinco kilos durante la filmación, fueron siete semanas. Lo viví como una especie de expedición.

Tu estudio está lleno de lienzos, pinceles y objetos relacionados con la pintura coreana. Cómo llegaste a este hobby tan particular?

Empecé hace unos siete años. En Buenos Aires hay un barrio coreano, está en Flores. Yo iba mucho allí a comprar comida. Un día, paseando por el barrio, miré a través de un vidrio y vi a gente pintando. Yo soy hijo de un pintor, así que me interesó. Entré y vi que eran alumnos dando una clase, pregunté de qué se trataba y al poco tiempo empecé. Era muy gracioso porque en la clase todos eran coreanos y nadie hablaba español, ni siquiera mi profesora. Lo único que ella me decía era “Aldo, mal! Mal!”, golpeándome en la espalda. Era una mujer coreana algo corpulenta.

Qué significado tienen los motivos que se repiten una y otra vez en tus dibujos? Qué particularidades tiene la técnica de la pintura coreana?

Uno empieza dibujando lo que se llama “los cuatro nobles caballeros”, que son el crisantemo, la orquídea salvaje, el bambú y el ciruelo. Cada uno tiene una característica que lo hace noble. El crisantemo por ejemplo florece en invierno, por lo que anticipa la primavera, y el bambú es recto como debe ser un hombre. El tipo de tinta que se utiliza se llama tinta de humo. Para fabricarla, primero se hace fuego y se junta el hollín, que se descompacta en una tinta. Después se diluye en agua. El papel que usamos es papel de arroz. Con el paso de los años, tu profesor te bautiza – mi nombre coreano es Bo Miong, que significa mar ancho.

Hablemos de tu hogar actual, la casa en la que vives y trabajas. Qué te gustaría destacar de ella?

La casa es muy vieja, fue construida en 1900. Vimos más de cien casas antes de comprar esta. Lo que más me gustó fue el modo en que le entraba el sol, la iluminación que tenía. Me parece que tiene un carácter escenográfico muy bonito, unos volúmenes interesantes. Cuando la compramos, el salón de la casa eran tres habitaciones, y nosotros hicimos obras y lo convertimos en una grande. Conservamos el cristal de colores hecho en herrería, y los suelos también son los originales, simplemente los levantamos y los volvimos a poner dados vuelta.

La estructura de la casa original es típicamente porteña, está construida con el sistema de las “casas chorizo”. Las casas chorizo son una copia del sistema de la casa pompeyana, pero dividida por la mitad. El diseño fue traído por los maestros mayores de obra y los albañiles italianos, y se caracteriza por tener dos patios, uno más público y uno más privado, unidos entre sí y a los que dan todas las habitaciones. Si duplicas eso, tienes la casa pompeyana.

El antiguo dueño de esta casa era una de las personas que proveían hielo para el mercado del Abasto, que ahora es un shopping center pero que en esa época era un gran mercado de abastecimiento, como lo dice su nombre. Allí se concentraban grandes cantidades de verdura, fruta, carne, aves, y se distribuían a toda la ciudad. Ese mercado necesitaba la provisión de mucho hielo. El dueño de la casa era el único que tenía auto en todo el barrio, y parece que la casa era muy sofisticada para la época. Cuando nosotros hicimos la reparación encontramos vestigios de iluminación a gas, unos cables de cobre, y una especie de chimenea donde se quemaban pastillas para producir el gas. Ese gas se abría en los ambientes y los iluminaba. Era una casa muy avanzada para su tiempo, había muy pocas casas en esa época con iluminación a gas.

Cómo llegaste a descubrir todo esto?

Me lo contó un taxista al que llamé para hacer un viaje. Él tenía un poco más edad que yo, y resultó que de niño había vivido en el edificio de enfrente y había conocido al dueño de la casa. Durante el trayecto también me contó que en esa época la puerta de la casa nunca estaba cerrada. Él venía, subía la escalera y llegaba hasta la puerta que está en medio de la escalera, que se llama puerta cancel. Si te fijas, allí hay un llamador. Eso obedece a una idea de hospitalidad, el hecho de llegar a una casa y poder entrar sin tener que quedarse fuera esperando. Me parece que es algo muy latino, la idea de que la gente tiene que ser recibida y acogida en casa, bienvenida.

Apelando a tu faceta de explorador urbano – tanto de localizaciones para tus películas como de sujetos para tus fotografías – me interesaría saber qué sitios de Buenos Aires te atraen especialmente. Dónde vas a buscar el material para tus libros?

Conozco la ciudad como la palma de mi mano, así que he perdido la sorpresa con Buenos Aires. Ya no la veo, prácticamente me manejo aquí de memoria. A veces intento hacer algún ejercicio de extrañamiento y descubrir cómo vería la ciudad si no hubiera nacido aquí.

Hace poco acabé un libro sobre la fiesta de la virgen de Copacabana. Es una fiesta que acaba de cumplir cuarenta años, y que se hace al lado de la cancha de San Lorenzo, cerca de la Villa 114. Ese lugar, que es bastante peligroso, lo fotografié durante ocho años, siempre cuando se celebraba la fiesta. La organiza la comunidad boliviana, y casi no va gente que no sea boliviana, hay muy pocos turistas y muy pocos argentinos nativos. Es una fiesta de baile y de desfiles, hay fraternidades que desfilan con vestidos típicos acompañados por una banda de música. La gente bebe mucho, el baile y la música son muy impresionantes, te envuelven. Entras en un mundo y en una vibración muy particulares. Ese es un aspecto de Buenos Aires muy poco conocido, que me gustó porque me deslumbró. Nunca antes lo había visto.

Antes solía hacer muchos paseos fotográficos, ahora menos. Tuve todo un período en el que hacía fotos de calle, pero ahora me dedico más a la foto conceptual, fruto de una producción fotográfica. Es un proceso más cercano a montar un set de cine.

Hace dos años publicaste Futuramic, un libro que contiene tus fotografías de coches antiguos, concretamente de los años 50 – dónde encontraste estos sujetos? Y por qué te interesa esa época especialmente?

A veces pienso que si pudiera, viviría siempre como si tuviera entre ocho y nueve años. Ese fue el momento más feliz de mi vida, y pienso que el libro se refiere a eso. A fotografiar los objetos con los que conviví cuando tenía esa edad. Por eso los autos son todos de esa época. El libro está dedicado a mis padres, es un homenaje. Ultimamente estoy pensando que esas fotos son como estelas funerarias a todo una época, a mi infancia. Así es como vivo esos coches, como estelas funerarias móviles.

Y por qué te fijas precisamente en coches?

Si se trata de encontrar vestigios de una época, podrías haber fotografiado edificios, muebles, o cualquier otro objeto.

Los autos son muy importantes para un chico. A mi me llevaban a pasear en un auto de esos a la costanera de la ciudad de Buenos Aires, la que da al Río de la Plata. Me llevaban a ver cómo despegaban y llegaban los hidroaviones, que levantaban de la costanera y hacían la ruta Buenos Aires-Montevideo. Lamentablemente desaparecieron de Buenos Aires, y yo nunca pude viajar en hidroavión, que es uno de mis grandes deseos.

Ahora que mencionas Uruguay – allí es donde sacaste muchas de las fotos de libro, no?

Sí, porque allí los autos viejos fueron mantenidos, se usan diariamente. Es parte de la idiosincrasia del lugar. En Cuba, donde también saqué algunas fotos, se hace por necesidad. En Uruguay me parece que se hace porque son muy nostálgicos, les gusta conservar los objetos viejos. Me identifico con ellos, en realidad me identifico con todos los que aman los objetos.

Eso significa que también tiendes a atesorar objetos?

En realidad no soy un coleccionista, me interesan solamente algunos objetos. Para mí, la fotografía tiene una función de coleccionismo. Por ejemplo, si saco una serie de fotos de autos, ahí hay algo de coleccionismo. Prefiero coleccionar imágenes, y no tanto objetos.

Qué otras colecciones de imágenes tienes, aparte de la de coches antiguos?

Colecciono edificios. En los viajes que hago voy sacando fotos de las viviendas de los seres humanos, me gusta ver cómo y dónde viven. Con ese material he editado un libro que se llama “Aquí viven”. El libro empieza en las Islas de Pascua, en unas cavernas donde vivían los indígenas de las islas, y se extiende hasta el Flatiron Building de Nueva York. Comprende de todo, desde las viviendas de los indígenas en el Sur de Argentina, los palafitos en la Isla de Castro, el Cavanagh, viviendas al lado de Po, las casas de la gente en Brasília, que es una ciudad inventada… Es infinito. Quizás no le prestamos tanta atención, pero los climas y los lugares donde la gente vive determinan mucho el carácter de sus viviendas.

Muchas gracias por tu tiempo y por abrirnos tu casa para esta entrevista, Aldo.